La ducha perfecta para una piel sana

 En temas de duchas y baños, las preferencias son muy distintas y están muy repartidas. Cada uno tiene su manera de hacer las cosas, pero ¿estás cuidando tu piel mientras te duchas? Compruébalo.

 

Requisitos para la ducha ideal


Nuestra piel es muy sensible y, en ocasiones, la sometemos a demasiadas pruebas: polución, suciedad, maquillaje, productos agresivos oo rayos del sol. El momento de la ducha es perfecto para cuidarla y darle todos los mimos que no le damos durante el resto del día.

Para empezar: respetemos su capa protectora (que es la nuestra). Aunque la ducha nos parezca el mejor momento del día, lo cierto es que no debemos abusar de ella, ya que elimina las barreras naturales de la piel y nos deja más expuestos a las infecciones. La consecuencia más clara de esto será que tendremos la piel seca.

De hecho, los dermatólogos desaconsejan la ducha diaria; y, en cambio, proponen tres duchas semanales y, mientras, lavar solo las áreas que más lo necesitan, como las axilas, las inglés y los pies. Esto siempre dependerá de nuestras actividades diarias, nuestro tipo de piel y nuestro trabajo.

Si, por nuestros hábitos o necesidades, precisamos ducharnos dos veces al día, deberemos optar por jabones hipoalergénicos y neutros, no usarlos en una de las duchas o limitarlos a las partes del cuerpo más problemáticas. Un jabón demasiado agresivo nos dañará, sobre todo, si lo usamos en varias ocasiones. Elegiremos geles y jabones con un pH de entre 5,5 y 6, para que sea respetuoso con la piel.



El agua de nuestra ducha debe estar templada. El agua demasiado caliente nos resecará la piel. Si nos duchamos por la mañana, mejor con agua fresca. Si nos duchamos por la noche bastará con que coincida con nuestra temperatura corporal para ayudarnos a relajarnos y que no nos desvele. Lo ideal es que vaya desde los 28 ºC a los 30 ºC.

Una esponja blanda o las manos y un masaje suave sobre la piel son suficientes para lavar el cuerpo. No hace falta frotar ni ser toscos. Es nuestra piel, así que mimémosla como se merece.

La duración ideal de la ducha perfecta será de unos diez minutos, siempre seguida de un secado delicado, a toques y sin fricciones. No prestar suficiente atención a nuestra higiene y su posterior secado puede derivar en hongos e infecciones. Estar menos tiempo en la ducha y sentirnos húmedos son sensaciones que pueden significar que no lo hacemos bien.

Nuestra piel puede sufrir en la ducha y, para ayudarla, lo mejor es hidratarla después de secarla. Si dejamos a un lado la pereza, descubriremos que hay muchos productos de buena calidad en el mercado que se adaptaran a nuestra necesidades.